Para la mayoría de las personas, ir al baño es un acto mundano. Para nosotras, las personas trans, esta acción cotidiana se convierte a menudo en un momento de hipervigilancia, ansiedad y, en ocasiones, riesgo real de violencia. En la República Dominicana, donde la identidad de género no está legalmente reconocida en los documentos y donde la transfobia persiste, el uso de espacios públicos segregados por género —como baños y vestuarios— se siente como entrar en un campo minado.

